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El rey y el elefante

Reflexiones sobre el safari de don Juan Carlos

 

En momentos en que España atraviesa la peor crisis económica de su vida democrática, con una tasa de desempleo general del 23% y una tasa de desempleo juvenil del 49%, el rey don Juan Carlos de Borbón decidió irse a cazar elefantes a África. Justo cuando el gobierno anuncia históricas medidas de ajuste económico y le pide al común de los españoles paciencia, sacrificio y esfuerzo, el monarca consideró oportuno subirse a un avión privado y partir hacia las cálidas sabanas de Botsuana, en el sur del continente africano.

Desde luego, don Juan Carlos tiene derecho a una vida privada y a disfrutar de sus vacaciones tanto como cualquier otra persona. Sin embargo, en su condición de Jefe de Estado y Rey de España, cometió un grave error al emprender un viaje que lo representa como totalmente desconectado de la realidad, las angustias y las congojas que diariamente viven y padecen sus compatriotas. A la luz de estos hechos, resulta un tanto difícil creerle a don Juan Carlos, cuando hace poco decía que “hay noches que el paro juvenil me quita el sueño”

Pero el mencionado viaje, del cual nos dimos cuenta solamente porque Su Majestad tuvo la mala suerte de tropezarse y quebrarse la cadera, es criticable también por otras razones. Y es que a estas alturas del siglo veintiuno, cuando en el planeta entero comienza a despertarse por fin una conciencia ecológica, parece increíble que todavía haya personas capaces de matar indefensos elefantes por puro placer. La noticia sorprende aún más, porque el cazador es no sólo el Rey de España, sino además el “Presidente de Honor” de una ONG conocida a nivel mundial por su lucha en defensa de los animales y la protección del medio ambiente.

A propósito de esta historia, conviene recordar las sabias palabras de un Jefe indio americano, que respondió así a una oferta que el Presidente de Estados Unidos les hizo para comprar sus tierras y crearles una reserva indígena. En 1855, el Jefe Seattle escribió: “Por lo tanto, vamos a meditar sobre la oferta de comprar nuestra tierra. Si decidimos aceptar, impondré una condición: el hombre blanco debe tratar a los animales de esta tierra como a sus hermanos. Soy un hombre salvaje y no comprendo ninguna otra forma de actuar. Vi un millar de búfalos pudriéndose en la planicie, abandonados por el hombre blanco que los abatió desde un tren al pasar. Yo soy un hombre salvaje y no comprendo cómo es que el caballo humeante de hierro puede ser más importante que el búfalo, que nosotros sacrificamos solamente para sobrevivir. ¿Qué es el hombre sin los animales? Si todos los animales se fuesen, el hombre moriría de una gran soledad de espíritu, pues lo que ocurra con los animales en breve ocurrirá a los hombres. Hay una unión en todo”.

Hoy sabemos que el jefe indio tenía razón, la ciencia nos ha enseñado que todos los seres vivos, animales y vegetales, estamos íntima y estrechamente ligados, que formamos delicados ecosistemas en los cuales interactúan elementos como el aire, el suelo, el agua y el sol, para formar un conjunto único y maravilloso que llamamos planeta tierra.

Sirva la “historia del rey y del elefante”, para recordar el valor simbólico de los actos del uno, así como la importancia elemental de la supervivencia del otro.

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